Trans-Siberiano: Días 14-22. El lejano oriente. Última parada: Vladivostok

El último tramo del viaje. Los últimos encuentros, el enésimo té preparado del samovar (termo de agua caliente presente en cada vagon), el último sorbo de tallarines instantáneos, y los últimos tragos de vodka. Salí hacia Blagoveshenk con un descanso de unas doce horas en Chita. Tras reponer fuerzas y comer algo digno, llegué a Blagoshevensk tras un trayecto de, se dice pronto, 36 horas.

A 15 minutos en ferry (unos 500 metros) de China, Blagoshevensk es la frontera con el gigante asiático (valga el cliché) y da para un paseo por su rio/frontera pero sobre todo para charlar con los locales, que siempre me cubren el vacío (o la inmensidad soviética, según se mire) que tienen algunas de las ciudades en lo arquitectónico o lo culinario. Tras una noche (que me supo a dos) marché de nuevo en otro trayecto de dos noches a Birobizhan, el intento fallido de la Sión soviética, y de ahí parada breve a Khavarosk antes del último tren: rumbo a Vladivostok.

Blagoveshenk
Almuerzo en Ulan Ude

La llegada a Vladivostok vino acompañada de cierto sentimiento de gesta, pero también de algo que se acaba. Agridulce, como el kvas (bebida refrescada fermentada a base de pan negro). Han sido 8.000 kilómetros de vías férreas, 7 zonas horarias, 30 litros de té, 2 litros de sopas instantáneas, 3 salchichas curadas, 3 kilos de pelmeny, 1 kilo de buzza, 1 kilo y medio de diversas masas fritas rellenas de carne, pescado o col, 1 litro y medio de sopa borsch, 1 kilo de tomates, medio kilo de pepinos, 1,5 kilos de fruta, 12 preguntas de “¿y por qué haces esto?” de rusos con ojos del que habla con un tarado, 12 respuestas idénticas , 10 calificativos confirmando mis sospechas llamandome (con cariño) loco y 12 movimientos oscilantes negatorios de cabeza; y, cómo no, 2 petacas de vodka.

Estación de Ulan Ude
Estación de Chita

La estancia en Vladivostok me supo a poco. A toro pasado pienso que habría estado dos noches más ahí antes que hacer algunas de las otras paradas de este tramo. Una visita express a Corea del Sur o Japón, tan a mano, podrían haber sido la guinda, pero la verdad es que el pastel era ya delicioso sin la guinda y yo soy más de salado que de dulce en todo caso. Hablando de comida, tras cenar pescado y marisco local exquisito en Vladivostok, un vuelo doméstico de casi 9 horas me transporta ahora mismo a Moscú. El viaje sigue durante un poco más en Moscú (cena norcoreana y souvenirs soviéticos incluidos), pero ya no es el trans-siberiano. Ese tren ya hace varias horas que ha pasado.

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Lo políticamente correcto no ha llegado a Birohidzhan
Mercado en Birobidzhan
Ensalada de harring y remolacha
Borsh
Homenaje a las víctimas soviéticas de la II Guerra Mundial (Vladivostok)
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